miércoles, diciembre 22, 2010

Nunca me abandones.

 

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¿Ves gente correr en las calles? No, porque correr es un estado anormal, de excitación y adrenalina.

Las últimas veces que has visto correr son en contextos institucionalizados, donde te obligan a agarrar una velocidad, marcan tus pasos, verifican tu performance, te ponen una nota; donde una música estridente te hace alejarte de todas esas máquinas, de esos intentos por no seguir subiendo de peso, para desaparecer detrás de una sombra. Zona de juegos, niños correteando en una plaza bajo la mirada atenta de sus tutores. Uno corre en esos espacios delimitados.

Pero has visto correr gente en la calle: alguien robándole a otra persona,  alguien persiguiendo una micro.

¿Y entonces por qué ellos corren? ¿Escapan de algo, de alguien, o se dirigen hacia un lugar? ¿Tienen miedo o disfrutan? ¿Juegan? Se ve que ambos corren  hacia la misma dirección, aunque el hombre se encuentra adelantado. Pero ella no corre en su búsqueda, corre paralelamente a las tablas de madera. Dos manchas negras que rompen la quietud de un mar estancado.

jueves, diciembre 16, 2010

Never let me go.

 

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Ayer fui a un cine que queda cerca de mi casa. Pero no sé si fue tan buena idea con dos idiotas, una de las tres parejas que había en un cine vacío, conversando casi toda una película que para conversar no tenía nada. Sino que lentamente te hacía un nudo con la garganta que de comentar no te daban ganas.

 

Más información en www.paracitarme.com

lunes, octubre 20, 2008

Elipsis.

Seis meses: de vida y de muerte, de la vida, de las letras, de escribir, de leer, de las relaciones, de nosotros, de yo, de las lágrimas, de los llantos, de la vida, nuevamente, de muerte, siempre la muerte, del recuerdo, de la familia, de los susurros, de las ideas, de los besos, los amigos, de las lágrimas de nuevo, de las caricias, de lo dicho y de lo no dicho, de lo escrito, por escribir y de que lo que no se puede hablar, del insomnio, las pesadillas, de las llamadas, la soledad, el insomnio, y de idas, de las despedidas, las carcajadas, las películas, de lo tachado, las fiestas, lo replegado, las sábanas, la música, las juntas, las sonrisas, las escapadas, del olvido, de la promesa, de la vida...

domingo, abril 20, 2008

Cristos anónimos.

Siempre llegaré al mismo puente
A mirar el mismo río
Iré a ver películas tontas
Abriré los brazos para abrazar el vacío
Tomaré vino sí me ofrecen vino
Tomaré agua si me ofrecen agua
Y me engañaré diciendo:
"Vendrán nuevos rostros
Vendrán nuevos días".

Blue (1978) - Jorge Teillier.

 

 

Cada cierto tiempo, sin ganas que se formen ciclos o se creen encierros, hay una noche en que mi celular colapsa. Así como extensión de mi cuerpo, se pierde la señal, la bateria practicamente no existe y aparecen letras claras que dicen "Buscando" y puede estar horas en esa búsqueda, incluso después de que llego finalmente a casa y me rindo al sueño. Incluso después que el sol ha salido y todo comienza a aquirir los contornos de un nuevo día. El sol espanta a los demonios. La última vez que ocurrió fue cuando mi hermano se despedía para irse nuevamente a Barcelona. Una noche en que también me perdí en pasillos oscuros, en que perdí las pilas recargables, en que sonreí extasiada ante una distorsion efímera. Despertar el sabado con el celular colapsado, con fragmentos pegados a la retina y la boca seca inevitablemente me hizo recordar esa situación.. Hay ciertas noches en que pierdes el rumbo y te abres al vacío sólo para reir y llorar, como una frenética, como una niña que quiere un abrazo o una mujer que pide migajas de consuelo.

El viernes comenzó temprano con una clase de teatro, una de las clases personales, dónde somos unos pocos y se crea un grupo de convivencia extraña, cómplices, todos. Salímos con la idea de ir al teatro en la noche a ver la obra Cristo que ya nos habían recomendado. Era la última noche dónde podíamos conseguir entradas. Y quedamos de juntarnos ahí. No sospechas, porque no puedes sospecharlo, que horas después caeriamos en una vorágine.

Quizás tu vorágine comenzó mucho antes, cuando después de salir de esa clase te quedas conversando con tu compañero, y por qué no puedo arriesgarme a decir también, un amigo. Prácticamente no nos conocemos, supe su nombre porque compartíamos esa clase de teatro pero con él no siento esa necesidad de construir muros y me dejo llevar en tono de confidencia. Así como a JC. le sorprende mi rutina metodológica (mi idea era estudiar avanzada la tarde para luego ir al teatro), dejamos que la conversación fluyera y finalmente llegó la hora de almuerzo sin haber estudiado. Debí sospecharlo, quizás era un indicio. Pero parece que el destino se rie de nuestras rutinas pre-establecidas, de nuestros esquemas y está constantemente poniendo trampas y espejismos para caer. Luego, M. me contacta y así la tarde se va configurando para que olvides las fotocopias, porque posteriormente aparece otro amigo quien se suma para tomar alguna cerveza en esa inocente tarde de viernes. Cervezas que como el vino se multiplican y crean misterios en hojas .

Llego al teatro atrasada, con más cervezas de las que debía, sonriendo y sudada, porque tuve que correr, entre piedras con una idea fija, con el corazón palpitante, gritando un nombre, para enterarme que finalmente no habian entradas para nosotros. Pero en ese momento no nos importó no llegar al cielo y nos fuimos directamente al infierno para continuar con el delirio dionisiaco. Breves minutos, sentados en una escalera, JC. recita a Teillier, y no soy adicta a la poesía, no me conmueven ciertas figuras, pero hay algo en su voz, en su sinceridad que me remueve las tripas y mi mala memoria atesora el título. No te será fácil desprenderte de esa grieta que se ha abierto, un foso que muestra sólo una parte pequeña de la desgracia.

Eramos una trinidad sucia y desprolija, J. JC. y C., dispuestos a perdernos en cualquier bar de mala muerte, pisando cemento, escuchando a Lenon y Velvet Revolver sin importar gritar o bailar, correr con luz roja y tomar cerveza en la calle para inocentemente preguntarle a un carabinero si ibamos bien encaminados hacia el infierno. Al cual finalmente llegamos, cada uno cargado con su cruz, con su rosario y sus mandamientos. Pero no importa si no los tuvimos o si ahí inventamos alguno, porque todos nuestros preceptos fueron quebrados. El fantasma de Alejandra también rondó por ahí y la cerveza en abundancia cayó y manchó nuestras ropas, que no guardaron rostros apenados, brindamos por nuestra constelación azarosa como esa noche parisina. Nada importaba y quebrar vasos, besos perdidos, todo para que nos echaran y salir mientras J. culpaba al cancerbero y le gritaba estupideces o quizás también le recitaba versos, y tu querías salir y perderte de ahí, porque ya estabas hundida, cayendo en la desgracia donde todo parecía es un velo. No recuerdo cuantos vasos rompimos, no recuerdo cuantas verdades confesé, con lágrimas pero riendo, como si la felicidad no fueran más que momentos breves, tan pequeños e insignificantes, tan grandes y magníficos, que no importa sufrir todo un día si puedo rescatar esos segundos, esa sensación de ebriedad y armonía insensata.

Fuimos cristos, todos fuimos ladrones, que avanzamos hacia el Golgota intentando comprender lo que no nos han querido decir, fuimos maria magdalenas y fuimos poncio pilatos. Nos habriamos matado de pena y rabia, sólo para sentirnos más vivos, menos vacíos, habriamos destruido todo con tal de edificar nuestra fe personal, habríamos conquistado el universo para destruir también los horizontes cuadrados, habríamos desenterrado la mandrágora para hacer nacer una nueva humanidad.

Fuimos camino a la crucifixión sin saber si resucitaríamos.

Al tercer día...